La Calderería: laboratorio pragmático.
Nuestro insigne ministro de cultura, el señor
Wert, dijo hace poco en una entrevista televisada que “estamos cambiando el
paradigma, y pasando de una cultura de las subvenciones a una cultura de la
participación social”. Evidentemente el señor ministro es un hombre culto, y sabe lo que dice al hablar de
un cambio de paradigma. Lo que resulta mucho más intrigante y enigmático es
saber lo que quiere decir cuando habla de “participación social”.
Es conocida la capacidad caníbal del sistema de
representación institucional para engullirlo todo y regurgitarlo debidamente neutralizado
en la forma publicitaria y normativa que más le conviene. La “participación”
es ya una consigna generalizada que difícilmente puede asegurar por sí sola
ninguna democratización ni ninguna emergencia transformadora. De hecho, vivimos
culturalmente en un paradigma ya normalizado de "la participación, el diseño, la interactividad y la
innovación", un entramado de prácticas de las industrias y las instituciones culturales que es perfectamente capaz de neutralizar las emergencias políticas realmente
transformadoras.
Un primer trayecto en la emergencia de una nueva sensibilidad debería transitar de la
mera participación a la implicación real, en un movimiento de conversión pragmática de la simple “interactividad” en prácticas
colaborativas implicadas en procesos sociales de transformación.


